Archivo | EL OFICIO DE BUSCAR RSS feed for this section

EL OFICIO DE BUSCAR

19 Sep

Jesús Alberto León

¿De que se gradúan los egresados de la facultad de Ciencias? No pregunto por las capacidades específicas señaladas en los respectivos títulos de Biólogos,  Químicos, Matemáticos, Físicos y Computistas. Pregunto por lo que no se dice allí, y adelanto una respuesta controversial; se gradúan de nómadas irredentos, de pájaros insomnes; de aspirantes a cruzar la vida en permanente búsqueda; de mineros incesantes que van a rastrear el esquivo mineral de la verdad; de incendiarios desvalidos que llevan consigo el fuego impertinente de la creatividad, pero que sólo a trasmano, sólo muy de vez en cuando, encontrarán ese difícil material combustible que les permita encender la hoguera y acampar, aunque sea por un rato.

Ese destino incierto pero apasionante, esa vocación de vagabundeo inquisitivo, es determinado por la estructura del mundo y la naturaleza del conocimiento. La realidad está dispuesta en capas sucesivas, en una jerarquía de componentes integrados por componentes que a su vez tienen sus partes, y así hasta lo hondo, hasta quien sabe donde. Las propiedades de unas capas son en parte determinadas por estratos que están mas adentro. De modo que para explicar algo – y explicar es la pasión y función de la ciencia – hay que recurrir a entidades, relaciones y procesos que están escondidos. La experiencia, aunque engañosa a veces, es el único juez que disponemos para convalidar, desmentir o verificar; la única conexión disponible con la realidad. Pero la experiencia tiene un alcance limitado. Solo en el horizonte que alcanzan nuestros sentidos – aunque sean auxiliados por instrumentos de creciente sofisticación – ocurre nuestro contacto con lo real. Es en ese único plano donde podemos plantear esas “preguntas prácticas” que son los experimentos según el Kant de la Crítica de la Razón Pura. Así pues, la explicación de casi cualquier cosa requiere concebir con el pensamiento objetos, estructuras, configuraciones, procesos, que no podemos ver ni tocar, que no están a nuestro alcance, para luego inferir sus conexiones indirectas con el plano en que alcanzamos a hacer experimentos y observaciones. Nos interesa el corazón de la realidad, pero solo logramos auscultar la piel. De modo que no queda otro remedio que “inventar para poder descubrir”. Hay que andar en ese desconcierto, viendo a ver si se encuentra lo inencontrable, si se toca indirectamente lo intocable, coqueteando así por momentos con una verdad que es siempre parcial y huérfana de garantía. 

 ¿Puede haber un entrenamiento que ayude a ese viaje incesante, que disminuya el riesgo de inutilidad del esfuerzo, que brinde siquiera ligero abrigo en la intemperie de la búsqueda? Quizás si. La respuesta no puede gritarse sino musitarse en tono dubitativo, con humilde altivez: Si algo puede ayudar es la enseñanza aliada inextricablemente con la investigación, alimentada por ésta, de manera que lo transmitido no sea la tediosa rutina de las cosas sabidas, sino la incertidumbre de las cosas por saberse. No el manjar fío y cómodo de lo ya establecido (y lo establecido es siempre un saber provisional) sino la difícil brasa que arderá después, pero quema las manos al querer transmitirla.

Ese es el papel de la investigación en la Universidad. No es un mero mandato que está en la ley, sino que está en la ley porque sin ella no hay Universidad, porque su justificación es su inquietante papel de alimentar la docencia. Enseñar en la Universidad no es impartir clases, es contagiar irreverencias, es compartir el desasosiego, es incitar a caminar juntos por el campo minado de lo desconocido. La docencia no conectada a las fuentes mismas de la búsqueda no es docencia universitaria, no debiera tener cabida en estos ámbitos. Por eso la Universidad es el escenario obligado de la investigación en cualquier área, en cualquier temática, porque no es el tema lo que importa sino el ejercicio incesante de la inconformidad, de la mente que hurga y no se rinde, de la libertad de preguntar, de averiguar, de crear. Si ese ejercicio dilucida respuestas a los problemas de la gente que nos rodea, a las dificultades que confronta nuestra comunidad o nuestra nación, entonces mucho mejor. Pero no es ése su rol básico en la Universidad. La investigación aquí debe ser un detonante, un generador de intranquilidad intelectual, porque solo quién busca puede enseñar a buscar.

Pero propugnar esa permanente navegación hacia lo ignoto requiere condiciones especiales. Desde un amplio apoyo material hasta la constitución de un clima mental propicio, una atmósfera donde se crucen la crítica, la generosidad y el difícil oxígeno de la libertad y la belleza, impalpable pero imprescindible. El pensamiento auténtico no prospera sin elegancia interior, sin estilo intelectual. Pero a la íntima elegancia debe siempre acompañarla la gracia del entorno. No es de extrañar por eso que algunas antiguas y muy bellas ciudades hayan crecido rodeando a sus universidades: Oxford, Cambridge, Salamanca, Tubingen, Bologna, Coimbra, son como nidos que empollan sus centros de saber. Otro concepto, la ciudad dentro de la universidad, se expresa en el campus de ciertas universidades norteamericanas: Stanford, Princeton, Yale…A esta categoría pertenece nuestra admirable Ciudad Universitaria, en la cual un arquitecto venezolano genial, Carlos Raúl Villanueva, logró la más sorprendente integración de las artes contemporáneas: un despliegue de creatividad dispuesto para albergar y alimentar en su senos la poiesis, la creación dentro de la creación, la turbulencia iluminada en todas las dimensiones del espíritu. Que la UNESCO reconozca ahora este legado como un patrimonio de todos, subraya el deber primario de cuidarlo, que nos compete a los universitarios en primera instancia, pero a si mismo subraya el deber de aprovecharlo para potenciar la calidad de la UCV, lo que significa avivar el ardor de la invención, de la innovación, en un semillero de jóvenes creativos, que adquieran aquí su antorcha, su propio incendio mínimo, y lo lleven consigo a donde quieran que vayan. 

Hay un largo monólogo del mismo Fausto, es la primera parte de la obra que lleva su nombre. Allí pone Goethe en la boca de su personaje este escéptico alegato: “No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres”. Esa descripción la compartimos muchos al avanzar en la senda de una vida dedicada a conquistar y transmitir conocimientos. Pero no todo es pérdida. Aunque no haya mucho de valor en lo que hemos construido, descubierto, revelado y enseñado, a lo largo de los años de insistencia, siempre podremos instigar la capacidad misma de desvelarse, la entrega incontenible del oficio de buscar, la perplejidad, el asombro.

 Ustedes que ahora egresan de la Facultad, descubrirán que aquí no se puede egresar, pues uno queda siempre preso de las inquietudes que aquí les sembraron. Ustedes dejan de ser ahora aprendices protegidos por la condición de estudiantes formales, para volverse estudiosos porque si, porque ya no hay renuncia posible, sumidos en el desamparo de la búsqueda, en la incertidumbre de la averiguación. Descubrirán que son diferentes, que llevan una marca terrible y magnífica de la inconformidad. Son depositarios de la sed perenne, y ya no podrán mitigarla. Pero podrán empinarse más que nosotros, apoyarse en los hombros de quienes fuimos sus profesores y ver más lejos; otear un horizonte más promisorio, de manera que quizás encuentren algunos oasis verdaderos, no meros espejismos atravesados en el desierto abrumador. Porque siempre hay nuevas preguntas que hacer, nuevos enigmas por resolver, nuevos hallazgos por atesorar.

Uno no puede despedirse de esta Facultad. ya lo dijimos. Pero como hoy fingimos una despedida, ojalá puedan decirnos, al fingir irse: ¡gracias por la sed!. O quizás, usando el título de una novela de Mario Benedetti, quieran decir también ¡”Gracias por el fuego”!